Leyendas de tesoros
La época musulmana significo para muchos una época de
prosperidad y riqueza , es así que surgen muchas leyendas relacionadas con los
tesoros que poseían los grandes reyes moros
La Cámara de las estatuas
‘’En los primeros días había el reino de los
andaluces una ciudad en la que residían sus reyes y que tenía por nombre Lebit,
o Ceuta, o Jaén’’.
Así comienza Jorge Luis Borges su
relato sobre un castillo en Jaén cuya puerta nunca se abría.
‘’Cada vez
que un rey moría, se añadía un nuevo cerrojo hasta contar 24, una por cada rey;
pero un mal hombre que pese a no poseer sangre azul logro coronarse rey, a la
muerte del anterior abrió la puerta en vez de añadir un nuevo cerrojo, a pesar
de las riquezas que le orecieron para disuadirlo.
Se encontró
con una sala repleta de estatuas de guerreros en fieras posturas. En una
inscripción al fondo se podía leer: ‘‘Si alguna mano abre la puerta de este castillo,
los guerreros de carne que se parecen a los guerreros de metal de esta sala, se
adueñaran del Reino’’
Ese mismo año antes que tocara a su fin, Tarik se apoderó de
esa fortaleza y derrotó a ese rey y vendió a sus mujeres y a sus hijos y desoló
sus tierras. Así se fueron dilatando los árabes por el reino de Andalucía
El Tesoro de Zumel
Existe la leyenda que en el Cerro del Zumel Redondo se hizo
hace muchos años una excavación muy costosa, ‘’en busca de un famoso tesoro que
no fue hallado’’ y que, al parecer, había sido escondido allí en la época del Califato,
por un rey moro, muerto en combate, muriendo con él el sitio del escondrijo,
pues nadie más los sabia.
Ya a principios del siglo XX, un francés llego a Jaén en compañía
de su hijo, y juntos iniciaron excavaciones en el cerro, pero pronto enfermo y murió.
El hijo regreso a Francia, no sin antes revelar a algunos el secreto del tesoro,
lo que motivo que otros probaran fortuna e incluso se autorizaran excavaciones arqueológicas
en 1919.
Investigando en Internet, parece ser que se volvieron a
acometer excavaciones en 1940, pues, el aliciente del tesoro moro, se añadió el
rumor de que el propietario de los terrenos, temeroso de que se lo arrebataran
durante la guerra civil, escondió en ese monte el producto de la cosecha de 1936,
en duros de plata y dentro de una bolsa de piel, y que las hijas del dueño no habían
conseguido encontrarlo por ningún lado.
Allí sigue enterrado, y hay quien dice que se escuchan
ruidos extraños cuando se merodea por aquel entorno, incluso aseguran los
hortelanos del lugar, haber visto a una especie de hechicera grotesca y
fantasmal vigilando los aledaños ¿Te atreverías a buscarlo?
Leyendas de símbolos jiennenses
La cultura jiennense posee multitud de símbolos que nos
identifican como territorio y que han ido conformando poco a poco nuestra
identidad. Algunos de ellos han llegado a tenr relación con la época mulsumana
o teniendo su origen o formándose su historia en esta época.
Leyenda de Santa Catalina
‘’Corría el
año 1246. Era el tercer cerco al que el rey Fernando III sometía a la ciudad de Jaén. Estaba a punto
de levantarlo disuadido por sus fuertes defensas, cuando recibió la visita en
sueños de Santa Catalina de Alejandría, quien le pidió que prolongara el sitio,
mostrándole en prenda las llaves de Jaén.
Al día siguiente,
Al-Hamar se presentó en el campamento cristiano para entregarle la ciudad; beso
la mano del monarca, y le ofreció completo vasallaje. D. Fernando recibió con
cariño al moro, y lo acepto por vasallo’’
La leyenda añade que este hecho se produjo el día de la Santa,
pero lo cierto es que fue un impreciso día de finales de febrero o principios
de marzo (sobre el 28-2)
Fernando III le erigió una capilla en el castillo y desde
entonces es patrona de la ciudad, celebrando el 25 de noviembre una romería en
su honor.
Otra versión mucho más fantástica cuenta que Santa Catalina
se acercó hasta la Torre del Homenaje y llamo al rey moro quien al asomarse a
la ventana, perdió la cabeza sesgada por la rueda de cuchillos que portaba la
Santa.
La Mantilla Colorá
Almendros Aguilar relata el origen de esa
toca típica jiennense.
Se llama toca al adorno de
cabeza que usan las monjas y que antiguamente solían traer las
mujeres españolas, especialmente las casadas y viudas.
En el siglo XV, las casadas traían toca
larga desde el día en que casaban. Después se fue perdiendo esta costumbre y
quedó solo para las viudas y las dueñas de las casas de los grandes. En algunas
provincias prevaleció esta distinción entre casadas y solteras si bien en
ocasiones de duelo, todas se las ponían.
Así lo recogía Cazaban en la revista D. Lope de Sosa:
‘’Damas y
galanes bajaron al rio, el día de San Juan. Cuando los caballeros corrían y
jugaban cañas, los moros, que en celada hallabanse, fueron a robarles las
damas; y al defenderlas los nuestros, hubo sangriento combate. Las gumías se
clavaron en los pechos de muchas de ellas y la sangre enrojeció sus tocas blancas,
y en recuerdo de aquel día y de aquel suceso llevan en Jaén las hembras
encarnada la mantilla’’.
Añade Cazaban que, si bien las tocas en Jaén eran blancas para
moras y cristianas, a partir de la conquista de Granada estas cambiaron el
color por el rojo para diferenciarse socialmente de las moras



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